La mirada puesta en la eternidad
Extraído de El principio del tesoro: Descubriendo el secreto de dar con alegría , de Randy Alcorn
Las calles de El Cairo estaban calientes y polvorientas. Nuestros amigos misioneros, Pat y Rakel Thurman, nos llevaron por un callejón. Pasamos junto a carteles en árabe hasta llegar a un cementerio cubierto de maleza donde yacían los restos de misioneros estadounidenses.
Mientras Nanci, nuestras hijas Karina y Ángela y yo le seguíamos, Pat señaló una lápida quemada por el sol en la que se leía: «William Borden 1887-1913».
Borden, licenciado por Yale y heredero de una gran fortuna, rechazó una vida de comodidades para llevar el Evangelio a la religión mayoritaria de aquel país. Se negó incluso a comprarse un coche y donó cientos de miles de dólares a las misiones. Tras solo cuatro meses de ferviente ministerio en Egipto, contrajo meningitis espinal y falleció a los veinticinco años.
Limpié el polvo de la lápida de Borden. Tras describir su amor por Dios y los sacrificios que hizo por las personas a las que servía, la inscripción terminaba con una frase que nunca he olvidado: «Aparte de la fe en Cristo, no hay explicación para una vida así».
Un contraste llamativo
Los Thurman nos llevaron desde la tumba de Borden hasta el Museo Egipcio. La exposición sobre el rey Tutankamón fue alucinante.
Tutankamón murió a los diecisiete años. Fue enterrado con carros de oro macizo y miles de objetos de oro. Su ataúd de oro fue hallado enterrado dentro de tumbas de oro, a su vez dentro de otras tumbas de oro.
Los antiguos egipcios creían en una vida después de la muerte, en la que podían llevarse consigo los tesoros terrenales. Sin embargo, todos los tesoros destinados al disfrute eterno del rey Tut permanecieron exactamente donde estaban durante más de tres mil años, hasta que Howard Carter descubrió la cámara funeraria en 1922.
Me llamó la atención el contraste entre estas dos tumbas. La de Borden era oscura, polvorienta y estaba escondida en una callejuela llena de basura. La tumba de Tutankamón resplandecía con una riqueza inimaginable. Sin embargo, ¿dónde están ahora estos dos hombres? Uno, que vivió en la opulencia y se autoproclamó rey, se encuentra en la miseria de una eternidad sin Cristo. El otro, que vivió una vida modesta al servicio del único Rey verdadero, disfruta de la recompensa eterna en presencia de su Señor.
La vida de Tut fue trágica debido a una terrible verdad que descubrió demasiado tarde: no podía llevarse sus tesoros consigo. La vida de William Borden fue un éxito. ¿Por qué? Porque, en lugar de dejar atrás sus tesoros, los envió por delante.
Si te imaginas el cielo como un lugar en el que tendrás que tocar el arpa en un tedio sin fin, probablemente te dé pánico. Pero si confías en las Escrituras, te llenarás de ilusión por tu hogar celestial. El cielo será un lugar de descanso y alivio del pecado y el sufrimiento; pero también será un lugar de gran aprendizaje, actividad, expresión artística, exploración, camaradería y servicio.
¿Merecemos nuestra recompensa?
Jesús se fija en nuestros gestos de bondad más pequeños: «Si alguien da siquiera un vaso de agua fría a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa» (Mateo 10:42).
Dios lleva un registro de todo lo que hacemos por Él: «Se escribió un libro de memoria en su presencia acerca de aquellos que temían al Señor y honraban su nombre» (Malaquías 3:16).
Imagina a un escriba en el cielo que anota cada uno de tus donativos. La bicicleta que le regalaste al niño del vecino, los libros para los presos, las donaciones mensuales a la iglesia, a los misioneros y al centro de apoyo al embarazo… Todo queda registrado. Los pergaminos están hechos para ser leídos. Estoy deseando escuchar tus historias de generosidad y conocer a aquellas personas a las que has ayudado con tus donativos.
Jesús dijo: «Si no habéis sido fieles en el manejo de las riquezas terrenales, ¿quién os confiará las verdaderas riquezas?» (Lucas 16:11). Si gestionáis Su dinero con fidelidad, Cristo os dará las verdaderas riquezas eternas.
Perspectiva sobre fe y finanzas
A menudo pensamos en los antiguos reyes terrenales en toda la grandeza de su opulencia; pero rara vez los imaginamos sumidos en la agonía del tormento eterno. Del mismo modo, solemos recordar a los misioneros y a otros héroes de la fe por la humildad y el sacrificio que caracterizaron su servicio terrenal, pero rara vez los imaginamos en las mansiones de gloria que Cristo les ha concedido en la eternidad.
Mantener la mirada puesta en la eternidad nos recuerda que el lugar donde vivimos no es nuestro verdadero hogar. Nos recuerda que los sistemas y las normas de recompensa de este mundo son muy diferentes de lo que experimentaremos en la eternidad. Nos recuerda que «lo que ningún ojo ha visto, ni ningún oído ha oído, ni ha entrado en el corazón del hombre, son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Corintios 2:9).
Si todo lo anterior es cierto, tal y como afirma la Escritura, entonces debería influir en nuestra forma de vivir, de dar y de amar. Aunque quizá no nos consideremos héroes de la fe, ¿no sería maravilloso que se dijera de nosotros: «Aparte de la fe en Cristo, no hay explicación para una vida así»?
Porque el Hijo del Hombre va a venir en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces recompensará a cada uno según lo que haya hecho.
- Mateo 16:27