Seguir dando frutos: encontrar un propósito más allá de la carrera profesional

Se puede sentir, ese cambio sutil en el ambiente, la sensación inconfundible de que se avecina algo importante. La meta de una carrera profesional de varias décadas está a la vista y, con ella, llega una oleada de emociones: expectación, orgullo y, tal vez, un atisbo de incertidumbre sobre lo que vendrá después. La jubilación es un hito que merece la pena celebrar. Pero para aquellos que quieren que sus vidas tengan un sentido más allá de un reloj de oro y un calendario sin citas, hay una pregunta más profunda sobre la que vale la pena reflexionar: ¿qué tiene Dios pensado para este nuevo capítulo?

Más que un hito

En nuestra cultura se suele considerar la jubilación como un final: el cierre de un libro, el apagarse de las luces. Las Escrituras nos cuentan una historia diferente. Eclesiastés 3:1 nos recuerda que «hay un tiempo para todo, y una época para cada actividad bajo el cielo». La jubilación no es el epílogo. Es un nuevo capítulo con su propio llamado, su propio propósito y sus propias aventuras.

Cuarenta o más años de trabajo son un logro extraordinario. Un testimonio de tu fidelidad, tu perseverancia y de las innumerables personas e instituciones a las que has prestado servicio a lo largo de tu trayectoria. Esa historia merece ser homenajeada. Pero rendirle homenaje no significa guardarla en una caja. Las habilidades que has desarrollado, la sabiduría que has adquirido, las relaciones que has cultivado… nada de eso caduca cuando termina el trabajo.

La cuestión del propósito

La vocación no se jubila.

Para algunos, la jubilación abre las puertas a una nueva etapa profesional: algo más modesto, más significativo y libre de la presión de tener que ganar un sueldo. Para otros, ese propósito se traduce en ejercer de mentor: sentarse frente a alguien más joven y decirle: «Déjame contarte lo que he aprendido». Para otros, son las personas que tienen justo delante —como los nietos, los padres que se hacen mayores o un cónyuge que ha recorrido un largo camino a su lado— las que por fin reciben la atención sin prisas que se merecen.

La forma importa menos que la intención. Pregúntale a Dios para qué sirve esta etapa. Preséntale tus prioridades y tus anhelos, y deja que Él los reordene. La jubilación es una de las grandes oportunidades que nos brinda la vida para reorientarnos. Puedes dejar de hacer lo que te exige la urgencia y empezar a hacer lo que más importa.

Permiso para descansar… y luego levantarse

Incluso Dios descansó. Tras la obra de creación, tan amplia y grandiosa, las Escrituras nos dicen que se detuvo, no por agotamiento, sino como modelo de cómo debe estructurarse la vida: con ritmo, no con un esfuerzo incesante. El trabajo y el descanso, entrelazados.

Tras décadas de madrugones, plazos y el peso de la responsabilidad profesional, te has ganado un tiempo para recuperarte. Aprovecha esta oportunidad. Duerme hasta tarde. Viaja a algún lugar al que siempre has pospuesto ir. Siéntate en el porche y simplemente respira. Esto no es pereza. Es cuidar del cuerpo y el alma que Dios te ha confiado.

Pero el descanso es una etapa, no un destino. En algún momento, la recarga da paso a una nueva disposición. Presta atención a esa sensación. Suele significar algo.

Fieles a lo que queda

Pocas transiciones transforman tu vida financiera de forma tan drástica como la jubilación. Los años de acumulación —crear, ahorrar, invertir, hacer crecer el patrimonio— dan paso a los años de gestión: administrar lo que tienes, distribuirlo con prudencia y plantearte preguntas más complejas que las que puede responder una hoja de cálculo.

Es aquí donde la fe y las finanzas se entrecruzan de la forma más significativa. La pregunta pasa de ser «¿Cuánto puedo acumular?» a algo más profundo: «¿Cuánto es suficiente? ¿Cómo se manifiesta la fidelidad con lo que Dios ha puesto en mis manos?».

Algunas preguntas sobre las que vale la pena reflexionar:

• ¿Qué es lo que mi familia necesita realmente, y qué les estoy dando por amor y qué por miedo?

• ¿Qué pasará con mis bienes cuando ya no esté, y reflejan esos planes mis valores?

• ¿Hay alguna labor del Reino en la que pueda implicarme ahora mismo, mientras estoy aquí para ver cómo da sus frutos?

La generosidad en esta época del año no es caridad, sino participación. Es la oportunidad de ver cómo tus recursos logran cosas que nunca hubieras podido conseguir por ti mismo.

Tiempo presente

Cuando se vislumbra el final de algo, existe la tentación de empezar a desconectar mentalmente. De dejarse llevar. De no dar lo mejor de uno mismo porque la meta está cerca y el esfuerzo parece opcional. Resiste esa tentación.

El llamamiento de las Escrituras a «terminar la carrera» no se limita a los momentos dramáticos. Se aplica igualmente a la reunión del martes por la tarde, al proyecto que preferirías delegar y a la relación en el trabajo que aún hay que cuidar. Las personas que te rodean —compañeros, clientes, empleados, familiares— se merecen ver la versión de ti mismo que se presentó el primer día. Ofréceles eso.

Y ya que estás, vive el momento. El tiempo tiene la particularidad de que solo en retrospectiva nos damos cuenta de lo escaso que es. Merece la pena disfrutar de esta etapa en la que te encuentras ahora mismo, no solo sobrevivir a ella.

Perspectiva sobre la fe y las finanzas

La jubilación no supone el ocaso de una vida bien vivida. Es, en muchos sentidos, su máxima expresión. La presión disminuye. El ruido se apaga. Y en ese espacio, algo más esencial puede crecer.

Has sido fiel y disciplinado para llegar hasta este momento. Eso no es poca cosa. Ahora, con las manos abiertas y el corazón dispuesto, pregúntale a Dios cómo se manifiesta la fidelidad a partir de aquí. La respuesta puede que te sorprenda. Casi siempre lo hace.

Sea cual sea lo que te depare tu jubilación, ojalá esté marcada por el sentido de propósito, la generosidad y la tranquila confianza de quien sabe que su historia aún no ha terminado.

Seguirán dando fruto en su vejez y se mantendrán frescos y verdes.

                                                                                                                            — Salmo 92:14


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