El éxito que te permite dormir tranquilo

 

«Despierta, tienes que ganar dinero». Esta letra de la canción «Stressed Out», de Twenty One Pilots, podría servir como himno de nuestra generación. El mensaje es claro: esfuérzate al máximo, quédate hasta tarde, mejora tus habilidades, no bajes el ritmo. El éxito está ahí fuera, y más te vale ir a por él, o de lo contrario te quedarás atrás.

Esta es la historia que se les cuenta a muchos jóvenes adultos en el momento en que se adentran en el mundo del dinero, el trabajo y la independencia. Sin embargo, este estrés constante no es la forma de alcanzar una vida plena; existe un camino hacia el «éxito» distinto al de los meros logros materiales. «Dulce es el sueño del jornalero, coma poco o coma mucho; pero a los ricos, su abundancia no les permite dormir». —Eclesiastés 5:12

El éxito que te quita el sueño

Dos personas diferentes yacen en la cama. Una es un empresario millonario que no deja de revisar su cartera, preguntándose si ha invertido lo suficiente, si ha diversificado lo suficiente y si ha logrado lo suficiente. Se siente inquieto y ansioso. En la habitación de al lado, un conserje de colegio que ha trabajado honradamente de 9 a 5, ha rezado con sus hijos antes de acostarse y se ha ido a dormir agradecido por el día que ha tenido.

¿Quién crees que durmió bien de verdad?

Eclesiastés 5:12 nos revela un principio espiritual: la riqueza no es mala, pero a menudo conlleva cargas que nos roban la paz. Cuanto más perseguimos la riqueza por sí misma, menos paz verdadera solemos tener.

La trampa de la abundancia

A lo largo de nuestras vidas, se nos enseña a creer que el éxito es el único camino hacia la felicidad, y que la única forma de alcanzar ese éxito es ganando todo el dinero posible. La cultura nos dice que el dinero es sinónimo de libertad, y que el éxito significa «más»: más dinero, más cosas, más influencia. Pero Salomón, el autor del Eclesiastés, poseía más riqueza de la que la mayoría de nosotros podríamos siquiera soñar y, aun así, escribió sobre la futilidad de todo ello.

Entonces, ¿por qué la abundancia «no deja dormir»?

Porque cuando basamos nuestra identidad en las ganancias económicas, creamos un ídolo que nunca podremos satisfacer. Nos comparamos. Nos preocupamos. Nos esforzamos. Y por la noche, en lugar de descansar, nos pasamos el rato imaginando todas las formas en las que podríamos perder lo que tenemos, o cómo aún no hemos ganado lo suficiente.

He aquí la ironía: cuanto más vivimos en función de la abundancia económica, más sentimos que no tenemos lo suficiente.

La satisfacción es la mayor recompensa

Sin embargo, el Eclesiastés no nos deja sin esperanza. Nos señala un camino mejor:

«Cuando Dios concede a alguien riqueza y bienes, y la capacidad de disfrutarlos… eso es un don de Dios». – Eclesiastés 5:19

La satisfacción no reside en la cantidad, sino en la actitud. Cuando consideramos cada dólar, cada trabajo y cada oportunidad como un regalo de Dios, y no como una prueba de nuestro propio valor, obtenemos lo que el mundo no puede ofrecer: la paz.

Una joven de unos veinticinco años ha compartido recientemente su historia. Rechazó un trabajo muy bien remunerado que le prometía largas jornadas, viajes constantes y un cargo llamativo. En su lugar, aceptó un puesto modesto en una organización sin ánimo de lucro, uno que le permitía ayudar a los demás, seguir participando en su parroquia y descansar los fines de semana.
«No es muy llamativo ni molón», dijo, «pero por fin he vuelto a dormir bien».

Ese es el dulce sueño del que habla el Eclesiastés. Una vida que no se define por el ajetreo, sino por la fidelidad.

Esto no significa que debamos renunciar por completo a toda ambición mundana o económica; simplemente significa que esas ambiciones deben estar al servicio del Señor, no de nuestra satisfacción personal. No tienes por qué rechazar la ambición ni huir del crecimiento económico. Pero sí debes preguntarte: ¿Lo que persigo me da paz o me quita el sueño?

Perspectiva sobre la fe y las finanzas:

Desde un punto de vista bíblico, el dinero no es el enemigo, pero nunca debe convertirse en el amo de nuestras mentes. Jesús lo deja claro cuando dice: «No se puede servir a Dios y al dinero» en Mateo 6:24. El problema no es la riqueza en sí misma, sino cuando nuestra identidad o nuestra paz se basan en algo que nunca estuvo destinado a soportar ese peso. Lo único que puede soportar ese peso sin quebrarse bajo la presión es Jesús.

Desde una perspectiva cristiana, las finanzas tienen que ver con la administración: gestionar fielmente lo que Dios nos ha confiado, sin esforzarnos ansiosamente por conseguir más. Eclesiastés 5:12 nos recuerda que la paz no proviene de la acumulación, sino de la satisfacción. En la economía de Dios, la fidelidad es el verdadero éxito.

Tanto si estás gestionando tu primer sueldo como si estás invirtiendo para tu futuro, pregúntate:

  • ¿Estoy buscando la riqueza de una forma que honra a Dios, o de una forma que me agota?

  • ¿Confío en que Dios es quien me provee, o estoy intentando proporcionarme todo por mí mismo?

  • ¿Está mi corazón en paz, aunque mi cuenta bancaria no esté llena?

La verdadera sabiduría financiera no se limita al ROI (rendimiento de la inversión), sino que se basa en el ROP: el rendimiento de la paz. Al adentrarte en el mundo financiero, elige un camino que te permita dormir tranquilo, ser generoso y vivir con libertad, no solo en esta vida, sino también para el Reino.

«Quien ama el dinero nunca tiene suficiente; quien ama la riqueza nunca se conforma con sus ingresos. Esto también es vanidad». – Eclesiastés 5:10


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