¿Está bien prosperar económicamente?

 

El siguiente texto es un extracto de «Libre para seguir: Descubre las riquezas de una vida entregada» , de Michael Blue.


¿Está bien que alcancemos la prosperidad económica al desarrollar los dones que Dios nos ha dado? Respuesta breve: sí.

La Biblia recoge varios ejemplos de personas económicamente prósperas que siguieron a Jesús: Febe, Cornelio, Dorcas y Filemón. La Biblia no prohíbe los negocios ni obtener beneficios, pero advierte con firmeza contra convertir el dinero en un ídolo o acumularlo. La forma de protegernos de estos peligros es evitar la tentación de que nuestro éxito empresarial vaya acompañado de un estilo de vida cada vez más lujoso o de una acumulación de riqueza cada vez mayor. Ahí es donde nos metemos en problemas. Si consideramos los beneficios y el éxito como algo que nos merecemos, tendremos tendencia a gastarlos en nosotros mismos o a guardarlos para posibilidades futuras. Al fin y al cabo, nos lo hemos ganado. Dios no nos da la riqueza simplemente para nuestro consumo. Nos la da para que podamos mostrar al mundo que el dinero no es nuestro mayor tesoro, sino que lo es Cristo.

Resiste la tentación de dar por sentado que la riqueza adquirida es una bendición de Dios. La riqueza puede ser tanto una carga como una bendición. Nos agobia y nos impide correr una carrera ligera. El precio de la riqueza puede ser muy alto. El tiempo y la energía mental que se necesitan para gestionar la riqueza a menudo nos alejan de ser productivos para Cristo. No busques cargarte con ese peso, pero si lo llevas, utilízalo para señalar a Cristo y su valor.

Para que quede claro, esto no es una llamada al ascetismo. Ni la riqueza ni la pobreza son el objetivo final: lo es la entrega. Cuando nos entregamos y anhelamos a Dios, nuestros deseos cambian. Lo que queremos es más de Dios, conocerle, estar en su presencia, entregarle nuestras vidas. Cuando comprendemos esto y, casualmente, tenemos riqueza, estamos en condiciones de gestionarla bien. Nos daremos cuenta de que regalamos gran parte de ella, buscamos formas de simplificar nuestro estilo de vida y ejemplificamos con humildad una vida de amor (1 Cor. 13).

Nuestra tarea consiste en trabajar con diligencia para el Señor y emplear cualquier beneficio que de ello se derive en favor de su nombre y su gloria. Nuestra tarea no es enriquecernos ni vivir con más comodidades. Nuestra tarea es seguir los pasos de Jesús.

Vive con sencillez

¿Qué tipo de estilo de vida adopta quien sigue a Jesús? Al observar la vida de Jesús, la de sus primeros seguidores y la de sus seguidores más fieles a lo largo de la historia de la Iglesia, destaca una característica: la sencillez. La eliminación deliberada del desorden y el ruido de la vida para seguir a Jesús con mayor fidelidad. La sencillez es lo que Pablo tiene en mente cuando escribe: «La piedad con contentamiento es gran ganancia, pues nada trajimos al mundo, y nada podemos sacar de él. Pero si tenemos comida y ropa, con eso nos contentaremos» (1 Tim. 6: 6–8).

Ahí lo tienes. La vida sencilla en su máxima expresión: comida y ropa. Una vida siguiendo a Jesús nos lleva a la piedad y a la satisfacción, de modo que podamos conformarnos con lo esencial. Porque, en última instancia, encontramos nuestra satisfacción en Jesús.

No se trata de llevar una vida triste, sin ganas de disfrutar de los dones de Dios. La sencillez ni siquiera consiste en cambiar nuestro estilo de vida económico, sino más bien en cultivar una actitud de alegría y paz en Dios. La sencillez no es un recurso provisional hasta que podamos vivir a lo grande, sino un estilo de vida que nos libera para seguir a Dios allá donde nos guíe. Nos permite conocer a Dios más íntimamente, eliminando las innumerables distracciones que nos impiden conocerlo. Esta llamada a una vida sencilla no es una llamada al sacrificio, sino a la plenitud. Una llamada a conocer más a Dios.

Perspectiva sobre fe y finanzas

Lo que más llama la atención de lo que escribe el autor más arriba es que no parece haber un conjunto diferente de directrices o normas bíblicas en función de cuánto dinero tengamos. La vocación es la misma, independientemente de nuestro nivel de riqueza: vivir con sencillez.

Vivir con sencillez es una postura contracultural. El mundo diría que poner límites a nuestro gasto es un ataque a nuestra libertad para alcanzar la vida, la libertad y la felicidad. Pero el ejemplo de Cristo, y el de sus fieles seguidores a lo largo de los siglos, nos muestra que vivir con sencillez —sin el lastre de las apariencias materiales y las complicaciones que estas conllevan— es el verdadero camino hacia la libertad, la alegría y la paz.

A medida que nos liberamos de la carga de la deuda y de la necesidad de encontrar la plenitud a través de las comodidades materiales, ocurre algo asombroso. No solo aliviamos el estrés diario relacionado con nuestros presupuestos, sino que entramos en un espacio en el que podemos responder a una necesidad repentina que Dios nos invita a satisfacer —ya sea bendiciendo a alguien que atraviesa dificultades económicas, apadrinando a un adolescente de tu iglesia para un viaje misionero de corta duración o apoyando a un colaborador internacional que trabaja para establecer la presencia del Evangelio donde aún no existe. Ser libres para aceptar la invitación de Dios a participar en su obra nos aporta una alegría que no podríamos experimentar de ninguna manera a través de medios terrenales.

Tómate un tiempo para preguntarle a Dios cómo puedes simplificar tu vida. Pregúntale específicamente a qué te pediría que renunciaras para crear o ampliar el margen que te permita participar en Sus propósitos. Su respuesta no será una carga, sino que, por el contrario, aligerará tu carga.

 

«Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas».  Porque mi yugo es fácil y mi carga es ligera».

- Jesús (Mateo 11:29-30)


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