La trampa de la comparación: cuando la fe puede parecer una competición


Es fácil caer en la trampa de las comparaciones cuando miramos nuestras vidas a través del prisma de los mejores momentos de los demás. Nos desplazamos por las redes, observamos y comparamos, preguntándonos en silencio si nos estamos perdiendo algo mejor o si nos estamos quedando atrás respecto a donde deberíamos estar. El miedo a perderse algo nos susurra que todos los demás están viviendo más experiencias, mientras que el miedo a no estar a la altura insiste en que todos los demás lo están haciendo mejor. Juntas, estas voces distorsionan la realidad, haciendo que los momentos cotidianos nos parezcan insuficientes y que nuestros caminos personales se conviertan en competiciones, cuando, en realidad, la vida nunca estuvo pensada para vivirse según el calendario de otra persona. 

Por desgracia, como creyentes, no estamos a salvo de caer en esa trampa. Basta con entrar en casi cualquier entorno cristiano —el ministerio universitario, un grupo pequeño de la iglesia, el feed de Instagram— para sentir fácilmente que todos los demás, de alguna manera, van por delante de ti.

  • Alguien se acaba de casar.

  • Alguien está recaudando fondos para un viaje misionero al extranjero.

  • Alguien aceptó unas prácticas no remuneradas «para seguir la llamada de Dios».

  • Ya hay quien habla de comprarse una casa.

Mientras tanto, tú estás contando el dinero para la compra, trabajando en un empleo que no te gusta o preguntándote si le estás fallando a Dios porque tu vida no se parece a la de ellos. Esto no se debe a que los cristianos sean superficiales o falsos. A menudo, se debe a que la cultura de la iglesia puede convertir, sin quererlo, la fe en un juego de comparaciones de estilos de vida.

La sutil presión de «parecer fiel»

En las comunidades cristianas, ciertas decisiones vitales suelen presentarse como logros espirituales:

  • Participar en viajes misioneros

  • Desempeñar funciones ministeriales no remuneradas o con una remuneración baja

  • Casarse joven

  • Disponer de la flexibilidad necesaria para realizar labores de voluntariado de forma regular

Ninguna de estas cosas es mala. Muchas son hermosas. Pero cuando solo se ensalzan públicamente ciertos caminos, se transmite un mensaje tácito: así es como debe ser la vida de un cristiano fiel.

Si no puedes permitirte esas cosas —o no te encuentras en un momento en el que sea prudente hacerlo—, es fácil sentir que te estás quedando atrás espiritualmente, aunque tu fe sea auténtica, sincera y esté creciendo.

Cuando las finanzas se convierten en un baremo moral

El dinero no permanece neutral por mucho tiempo en los espacios de la iglesia. Aunque nunca se hable de ello desde el púlpito, las limitaciones económicas pueden empezar a percibirse como una prueba del carácter cristiano:

  • Si no puedes asistir al retiro, ¿es que te falta compromiso?

  • Si trabajas en lugar de hacer voluntariado, ¿eres menos comprometido?

  • Si eres prudente con el dinero, ¿significa eso que confías menos en Dios?

Esto afecta especialmente a los jóvenes cristianos. Muchos tienen deudas por sus estudios, trabajan por horas o en puestos de nivel inicial, o cuentan con poco o ningún apoyo económico familiar. Sin embargo, la cultura suele dar por sentado que disponen de flexibilidad, tiempo libre e ingresos disponibles.

El coste de mantenerse al día

Los eventos de la iglesia no parecen caros uno por uno: un retiro por aquí, una conferencia por allá, gasolina, comidas, merchandising, regalos, salidas sociales y otros gastos relacionados. Pero, en conjunto, se acumulan rápidamente. La presión no siempre es explícita. Nadie dice: «Gasta dinero para sentirte parte de esto».
En cambio, suena más bien así:

  • «Todo el mundo va a ir».

  • «Te lo vas a perder de verdad si no lo haces».

  • «Aquí es donde se forja la comunidad».

Así pues, hay quienes se esfuerzan al máximo económicamente solo para seguir formando parte de la comunidad. Otros optan por apartarse discretamente —y luego se sienten aislados, avergonzados o menos «comprometidos». Pero estas no son las únicas dos opciones. Participar no tiene por qué llevarnos a la ruina ni dejarnos al margen. Es posible que tu iglesia siga queriendo que asistas y que cuente con los recursos necesarios para ayudarte. No tengas miedo de preguntar a los responsables de tu iglesia si hay fondos de reserva para ayudar a sufragar las cuotas de inscripción, el alojamiento o los gastos de viaje. Y si Dios quiere que estés allí, ya se sabe que suele proporcionar los medios a través de fuentes bastante inesperadas. Muchas iniciativas ministeriales se han financiado gracias a que el Espíritu Santo ha movido a su pueblo. No tengas miedo de compartir con los demás tu deseo de participar y los obstáculos económicos a los que te enfrentas. 

La vergüenza se alimenta del silencio

Una de las cosas más difíciles es que, en los círculos cristianos, rara vez se habla con sinceridad de los problemas económicos. La gente no quiere admitir que:

  • «No me lo puedo permitir».

  • «Estoy estresado por el tema del dinero».

  • «Me da vergüenza ir rezagado».

Así, la comparación crece sin control. Todo el mundo da por hecho que a los demás les va bien… excepto a ellos mismos. Y la vergüenza se va infiltrando, susurrando: «Si tuvieras más fe, tu vida sería mejor». Esta es una táctica sacada directamente del manual del enemigo. Hará lo que sea para hacerte sentir que no estás a la altura. A. W. Tozer escribió en su día un libro titulado «Le respondo al diablo». Deberíamos hacer lo mismo. Como nos advierte Santiago 4:7: «Resistid al diablo, y huirá de vosotros». 

Una imagen más fiel de la fidelidad

Esta es la verdad que a menudo se pasa por alto: La fidelidad no se mide por lo visible, impresionante o costosa que parezca tu vida cristiana. Algunas de las cosas más fieles que puedes hacer son profundamente cotidianas:

  • Tener un trabajo con el que pagar las facturas

  • Decir «no» a las cosas que no te puedes permitir

  • Aprender a gestionar el dinero con sensatez

  • Estar siempre presente, aunque sea de forma discreta

Jesús nunca equiparó la flexibilidad económica con la madurez espiritual. De hecho, se opuso sistemáticamente a los sistemas que confundían el éxito exterior con la fe interior.

Perspectiva sobre fe y finanzas

Una comunidad cristiana sana da cabida a:

  • Realidades económicas diferentes

  • Diferentes líneas temporales

  • Diferentes vocaciones

Dice: «Tu lugar está aquí, aunque no puedas ir, no puedas pagar o no puedas seguir el ritmo». Y para los jóvenes cristianos, parte del crecimiento en la fe puede consistir en aprender a reconocer sus límites sin sentirse culpables y a no medir su valía comparándose con los momentos más destacados de la vida de los demás.

No te has quedado atrás. No le estás fallando a Dios. Y tu situación económica no invalida tu fe. De hecho, puede que sea precisamente uno de los ámbitos en los que Dios la está forjando más profundamente.

. . . así que, en Cristo, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, y cada miembro pertenece a todos los demás. — Romanos 12:5


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