Los enemigos de una vida más profunda y generosa

 

Uno de los grandes enemigos de la generosidad propia de una vida más profunda es el «yo». Mi yo y tu yo. Si la vida más profunda tiene como objetivo exaltar a Cristo, tal y como nos dice la Palabra de Dios, entonces cualquier oposición a la exaltación de Cristo se manifestará exaltando a otra persona en su lugar. Y esa otra persona somos nosotros mismos.

La autoexaltación adopta muchas formas, a veces tan sutiles que ni siquiera nos damos cuenta de nuestro error. Estas son algunas de las formas más habituales:

  • Autosuficiencia – La creencia de que, por nosotros mismos, tenemos todo lo necesario para sobrevivir y prosperar. Esta ilusión niega nuestra total dependencia de Dios y rechaza su soberanía sobre su creación.

  • Autonomía personal – La creencia de que nuestras vidas y nuestras posesiones nos pertenecen a nosotros y no a Dios, y de que no tenemos que rendir cuentas ante Dios por cómo vivimos. Esta creencia vacía de sentido la administración bíblica, al usurpar la posición de Dios como dueño de todas las cosas. Además, justifica en nuestra mente la idea de que somos nosotros quienes controlamos nuestras vidas.

  • Mentalidad de escasez – La creencia de que nuestras circunstancias limitan la capacidad de Dios para satisfacer nuestras necesidades y cumplir Sus propósitos. Esta forma de pensar niega la autosuficiencia de Dios, así como Su soberanía.

  • Consumismo – La creencia de que nuestra identidad, nuestro bienestar y nuestra felicidad dependen de las posesiones materiales. Esta idea nos lleva a confiar en la creación en lugar de en el Creador, sustituye la definición de éxito de Dios por la del mundo y da prioridad a lo temporal sobre lo eterno. Todas estas creencias nos impulsan a compararnos con los demás, dejando así de lado el criterio bíblico de Dios en favor de un criterio humano.

  • El evangelio de la prosperidad – La creencia de que quienes tienen fe en que Dios les proveerá tienen derecho a recibir bendiciones físicas y materiales. Aunque Dios a veces concede bendiciones físicas y materiales a su pueblo, estas no están prometidas como parte de la vida cristiana. En cambio, a los creyentes se les dice que deben esperar pruebas y sufrimiento en este mundo caído, y que deben confiar en que Dios satisfará nuestras necesidades si confiamos en Él y buscamos primero su justicia. Además, la abundante gracia de Dios hacia los creyentes se expresa siempre en términos de bendiciones espirituales, que son promesas preciosas a las que aferrarse (véase Efesios 1 para un buen resumen de estas bendiciones).

  • Legalismo – La creencia de que el favor de Dios se gana o se pierde en función de nuestras decisiones, ya sean económicas o de otro tipo. Esta postura suele manifestarse al tratar lo que no son mandamientos como si lo fueran y supone, en esencia, un retorno al sistema basado en las obras del antiguo pacto, un pacto que solo trajo condenación y muerte.

  • La mentalidad del diezmo – La creencia de que nuestra responsabilidad de dar se define como un porcentaje específico de nuestros ingresos. Esta perspectiva resta importancia al hecho de que lo mínimo que le debemos a Dios es todo, nuestras vidas enteras. No está mal comprometerse a dar regularmente una cantidad concreta. Sin embargo, si no tenemos cuidado, esta práctica puede convertirse en un enfoque mecánico de la generosidad, al tomar lo que era esencialmente un impuesto instituido por Dios bajo el antiguo pacto (el «diezmo», que literalmente significa «décima parte») y convertirlo en la norma de la generosidad bajo el nuevo pacto. Al hacerlo, la generosidad guiada por el Espíritu es suplantada por la ley, y se abre de par en par la puerta a la complacencia y al legalismo.

Cada uno de estos escollos es una expresión de incredulidad en algo que Dios ha declarado que es verdad. Y detrás de esa incredulidad se esconde el orgullo, el hecho de tenernos en mayor estima de lo que deberíamos. En otras palabras, cada uno de ellos tiene que ver con elevarnos a un lugar reservado para Cristo, en lugar de someternos humildemente a nuestro Señor misericordioso, permanecer en Él y depender de Él, quien, por su propia naturaleza, es sumamente generoso con nosotros. Ya sea el aire que respiramos, el magnífico trabajo que tenemos o los queridos amigos con los que compartimos la vida, todo lo bueno que se nos da viene de lo alto (Santiago 1:17).

Partiendo de esta verdad, A. B. Simpson describe así la generosidad propia de una vida más profunda:

Cuando dejamos de ser dueños de nosotros mismos, todos los lazos egoístas que nos atan a nuestras posesiones se rompen dulcemente, y nos elevamos hacia la gloriosa libertad de una vida de amor desinteresado. Las Escrituras parecen enseñar claramente que Dios no quiere nuestros dones ni nuestros servicios hasta que nos tenga a nosotros.

Pídele a Dios que te muestre las formas en las que, personalmente, te sientes tentado a ensalzarte a ti mismo, y pídele que te ayude a superarlas. A medida que busques que Cristo sea cada vez más grande y que tú seas cada vez más pequeño (Juan 3:30), experimentarás una vida más profunda en Cristo y, con ello, vendrá una mayor generosidad en tu vida.

 
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