Administración y generosidad
La administración es un concepto relativamente sencillo. Significa, sencillamente, que se nos confían las cosas de otra persona. Eso es, en pocas palabras, pero profundicemos un poco más en el tema.
La Biblia está llena de ejemplos que ilustran en qué consiste la mayordomía. Un ejemplo destacado es el de José (Génesis 39-41), quien, tras ser vendido como esclavo, pasó a ser siervo en la casa de Potifar. Como siervo, se le encomendaron tareas y responsabilidades específicas en nombre de Potifar. Por el favor de Dios, llegó a ser el mayordomo principal de Potifar, administrando todo lo que este poseía. Tras ser acusado falsamente y encarcelado, José experimentó un aumento similar de responsabilidad (mayordomía) dentro de la prisión del faraón. Y tras interpretar el sueño del faraón, a José se le confió el gobierno de toda la nación de Egipto en nombre del faraón: una enorme responsabilidad de mayordomía.
Por su parte, el propio faraón era un administrador, ya que había sido designado por Dios para gobernar Egipto (Romanos 13:1). En otras palabras, la administración se manifiesta a menudo en múltiples niveles, como vemos en este relato histórico: Dios → faraón → José → Potifar y otros. Un ejemplo actual sería que Dios confiara una casa a una pareja casada y que esa pareja confiara una habitación concreta a un niño: Dios → Padres → Niño. Lo fundamental aquí es que toda mayordomía comienza con Dios.
Las Escrituras nos enseñan que todo pertenece a Dios (Salmo 24:1), y «todo» incluye, bueno… todo. No solo todas nuestras cosas, sino también nuestras vidas, nuestros cuerpos, nuestras capacidades, nuestro tiempo, etc. Esto significa que cada momento de nuestra existencia es un acto de mayordomía. Cada decisión que tomamos, por muy importante o insignificante que sea, tiene que ver con cosas que pertenecen a Dios. En las Escrituras encontramos tres principios clave de la mayordomía:
Autoridad – La mayordomía implica autoridad, tanto delegada como real. Cuando Dios nos confía algo, nos da autoridad sobre ello y el derecho a tomar decisiones. Por ejemplo, Dios nos ha confiado la capacidad de hablar. Esto significa que podemos decidir qué palabras salen de nuestra boca. Sin embargo, esta decisión no carece de supervisión, lo que nos lleva al segundo principio.
Responsabilidad – Dado que la administración implica autoridad, también debe implicar responsabilidad, ya que el derecho a tomar decisiones siempre va acompañado de la obligación de rendir cuentas por ellas. Puesto que tenemos autoridad sobre nuestras palabras, debemos rendir cuentas ante Dios por ellas (Mateo 12:35-37). Y nuestra respuesta no carece de consecuencias, lo que nos lleva al tercer principio.
Fidelidad – Dado que la administración es una responsabilidad, dicha responsabilidad puede ejercerse con fidelidad o sin ella. Ser fiel significa ser digno de confianza y obediente a la hora de gestionar lo que se nos ha confiado, de manera que se fomente la confianza de su propietario. Una administración fiel se traduce en una mayor autoridad y responsabilidad (una mayor administración), mientras que una administración infiel conlleva una pérdida de autoridad y responsabilidad (una menor administración).
La parábola que Jesús cuenta en Lucas 19:11-27 pone de relieve estos tres principios. En esta historia, un gobernante confía a diez de sus siervos una gran cantidad de dinero a cada uno, dándoles poder para tomar decisiones sobre ese dinero (autoridad). A continuación, se marcha de viaje. Cuando regresa, exige a cada siervo que rinda cuentas del dinero que les había confiado (responsabilidad). A los siervos que lo hacen bien se les confía aún más autoridad y responsabilidad, y a los que lo hacen mal se les retira la autoridad y la responsabilidad que tienen (fidelidad). En Mateo 25:14-30, Jesús cuenta una parábola diferente, pero similar, que refuerza los mismos principios.
Esto es lo que se entiende por administración responsable.
Existen numerosas opciones en cuanto a lo que hacemos con las cosas que Dios nos ha confiado. Una de esas opciones es dar algo, lo que puede consistir en aportar nuestro dinero, compartir nuestras habilidades o dedicar nuestro tiempo. Aunque dar puede adoptar muchas formas, por lo general se considera un acto de generosidad cuando se caracteriza por la abundancia o el sacrificio y cuando tiene como objetivo bendecir a los demás. Como expresión de la administración responsable, las Escrituras revelan algunos principios clave de la generosidad:
La generosidad consiste en dar libremente y de buen grado, desde el corazón.
La generosidad es una muestra de la transformación que Dios, en su misericordia, ha obrado en quien da.
La generosidad trae consigo una gran recompensa.
En palabras de Ken Furl, antiguo pastor de Alliance y experto en donaciones planificadas: «Se puede dar sin ser generoso, pero no se puede ser generoso sin dar».
Esto es generosidad.